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La mejor fotografía

  • Foto del escritor: Lluc Semis
    Lluc Semis
  • hace 4 horas
  • 2 min de lectura

Durante mis 15 años de trayectoria como fotógrafo de naturaleza mi estilo y mis creencias han ido evolucionando a la vez que lo hacía yo como persona. Cuando empecé, pensaba que las mejores imágenes dependían de tener el equipo adecuado.


La cámara, los objetivos, los ajustes adecuados.


Es cierto que todo eso tiene su importancia, pero si algo he aprendido estos últimos años, es que las mejores fotografías no se hacen solo con la cámara. Nacen mucho antes, en el imaginario propio.




Detenerse


Nos ha tocado vivir en la época de la inmediatez, de la prisa. Parece que detenerse es un acto de rebeldía en si mismo. Sentarse a observar el ritmo de la naturaleza se ha convertido en un auténtico privilegio.


Nos movemos buscando una especie concreta, una localización espectacular o una fotografía que tenemos en mente desde hace tiempo. Y muchas veces, precisamente por estar pensando en la siguiente imagen, nos perdemos la que tenemos delante.


Observar


En mis salidas fotográficas la observación juega un papel fundamental. Lo primero que hago cuando llego a un spot es sentarme y observar cómo se comporta la luz, qué recursos compositivos me ofrece el lugar, y sobretodo, qué elementos me llaman la atención.


Busco estímulos que me emocionen. Cuando encuentro algo que me interesa, intento no sacar la cámara inmediatamente. Prefiero dedicar unos minutos a entender qué está ocurriendo delante de mí.


¿Qué es lo que me ha llamado la atención?


¿Qué hace especial esa escena?


¿Qué sensación quiero transmitir?


Disparar


El momento de levantar la cámara, el momento donde la técnica y los ajustes fotográficos cobran importancia y, curiosamente, la parte más sencilla del proceso. Suele ser fácil obtener una imagen que nos cuente algo si tenemos pensado qué queremos contar, y puede convertirse en un infierno si carecemos de un mensaje.


El disparo debe ser consciente, no impulsivo.




Una pequeña reflexión


Con el paso de los años he llegado a una conclusión que intento recordar en cada salida al campo. La diferencia entre una fotografía corriente y una fotografía especial rara vez está en encontrar un sujeto mejor, una localización más espectacular o un equipo más caro.


Muchas veces la diferencia está simplemente en dedicar más tiempo a la escena que tenemos delante. Porque las mejores fotografías no suelen aparecer cuando vamos buscando algo extraordinario.


Suelen aparecer cuando aprendemos a observar lo ordinario con más atención.








 
 
 

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